Archive for Julio 21st, 2009
Lope de Vega, 16
Llegué tarde a mi cita como ya era habitual. Una quedada de amigos más. “Vamos a tomar unas copas que hace tiempo que no nos vemos” me dijeron la noche anterior. Entré en el local, busqué la mesa de mis amigos, pero sólo le vi a ella. Su cabello oscuro casi hasta media espalda. Su vestido largo como en los buenos tiempos. Sus ojos rasgados que le permitían ocultar su profunda mirada. Parecía que nada había cambiado. Ella igual de imponente que siempre. Yo igual de nervioso que la primera vez. Incluso el olor a sudor veraniego me recordaba a aquellas noches en la playa con los amigos. La había conocido en el instituto, y desde entonces, me enamoré de ella. Miré el reloj. Media hora tarde. Pedí una cerveza y me acerqué a la mesa. Saludé, y me apresuré a sentarme en una esquina intentando no exponer mi miedo. Algo dentro de mí me quemaba, y he de reconocer que jamás una cerveza fría me había aliviado tanto. Intenté apagar mi temor, seguir la conversación con normalidad y disimular, pero en cada gesto me delataba. Mi voz, ronca y profunda, temblaba y la situación se apoderaba de mí. Mi estupidez sólo me permitió derramar sobre mi camisa el último trago de cerveza que me quedaba. Era la coartada perfecta para huir. Me excusé, me levanté y me fui al baño. Miré el reloj. Sólo habían pasado siete minutos, pero se me hicieron eternos. Cuando salí, ya no estaba allí. Recibí un extraño mensaje en el móvil: “Calle Lope de Vega, 16. Te espero”. El miedo me pudo. Recibí el mismo mensaje durante las cuatro noches siguientes. Nunca me atreví a ir. A la mañana siguiente, con una mezcla de arrepentimiento y desesperación fui a la Calle Lope de Vega 16 convencido de que de no hacerlo, aquella misma noche recibiría otra vez el mensaje. Cuando me presenté encontré una nota en la puerta: “Si has venido a buscarme, ya es tarde. Cogí el primer tren de la mañana en dirección a un destino desconocido”. Agaché la cabeza, di un golpe de rabia en la puerta y me di la vuelta. Cuando me disponía a bajar las escaleras escuché una carcajada y una dulce voz que decía: “La nota es de la anterior propietaria, pero me sirve para que no me molesten”.
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